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El Tintero de los foreros...

 

Penúltima incorporación al Tintero de los foreros:
Manuel - Grey, tal es el Rey...


  La tentación del gofre

¿Sois golosos? ¿Quién no sucumbe ante una golosina, hipnotizado por las luces nocturnas que se adueñan de la noche en una gran ciudad?

El autobús se detiene en el andén; final de trayecto. Esta vez no ha tardado mucho, apenas 7 minutos. En esta época del año, a esta hora ya ha oscurecido totalmente pero, a pesar de ello, parece como si sólo por unos pocos minutos a favor, el resto de la tarde noche vaya a durar aún muchas horas.

Me quedan unos 40 minutos en metro para llegar a casa. Varias veces leí por algunos sitios que los psicólogos recomiendan cambiar el recorrido habitual en alguna ocasión y sin premeditación, según apetezca. Supongo que estoy muy acostumbrado a recibir esos impulsos repentinos, así que sin pensarlo me dirijo a la otra línea y, al llegar a la correspondencia en la estación de Sol, en lugar de cambiar de andén… me doy una vuelta por el vestíbulo…. Echo un rápido vistazo por los puestos de artilugios, femeninos en su mayoría. Y al cabo de unos minutos, atraído por su singular y dulce aroma me quedo parado ante un puesto de gofres.

A cierta distancia del mostrador y para que las encargadas no perciban la señal de que estoy interesado en comprar uno, miro los gofres, los carteles exponiendo variedades, los precios… Tengo en ese momento una mano en un bolsillo del chaquetón en el que suelo guardar monedas cuando recojo los cambios a toda prisa… sólo encuentro unos céntimos pero, si en ese momento llego a encontrar una moneda de 2 euros, no sé que puede pasar.   

“Luego, luego… “ – pienso.

Aún tengo la impresión de que la tarde es aún muy larga y el vestíbulo comercial de la estación en solo unos minutos ya se me va quedando pequeño. El creciente predominio de las luces frías de los fluorescentes sobre las bombillas halógenas de los puestos me hace sentir una especie de vacío que sólo hay una forma de llenarlo: y es que por encima del techo que sostiene estos deprimentes tubos de luz fluorescente… se alza la majestuosa Puerta del Sol… sólo hay que subir unas pocas escaleras y el mundo será otro, así que…

Hace ya semanas que desaparecieron las luces de navidad, unas luces que te invitan a  respirar un aire distinto, y en este pasado año no sé por qué no había llegado a verlas… durante todo el año lo tuve en mente: en algún momento de las fiestas me acercaría a los alrededores de la puerta del sol, saldría del interior del metro hacia la calle como en un despertar, y me dejaría ver aquí, envuelto en la vorágine urbana decorada en esos momentos con un color especial, luminoso, brillante. Pero llegado el tiempo de la navidad, no sentí esa llamada en mi interior. No eché en falta el ambiente iluminado que a buen seguro me trasportaría en el tiempo a través de los recuerdos… Ni en toda la época navideña me acordé de aquel impulso, aquella invitación que en otros momentos del año me había acariciado… tal vez realmente era porque no las necesitaba.

Aún sin luces de navidad, el corazón de la ciudad sigue latiendo con fuerza. El ruido se convierte en fiel testimonio de que su pulso late y el ir y venir de almas entre sus luces es lo que la convierte en viva. Cada alma que viene y va lo hace entre diferentes lugares y por diferentes motivos y yo... si me preguntasen por tales motivos… ¿que es lo que contestaría? Eso es… yo no tenía motivos aparentes, no sabría qué contestar sin provocar un gesto de extrañeza.

Ese conjunto de bombillas en distintas posiciones, a veces anárquicas; esos fluorescentes y halógenos tras las grandes lunas y ventanales, las figuras y anagramas de neón... todo hace bailar a mis ojos bajo la música del caos, pero es un caos tan retórico, tan dulce, tan infinito… quizás es como un beso, que a veces cuando de verdad lo empiezas a sentir es cuando te alejas en el tiempo. De hecho, a veces en mi habitación, ya a oscuras y con los sonidos de la radio, recordaba las luces de las grandes avenidas por las cuales antaño solía caminar… oyendo esas canciones caminaba de nuevo por las calles más vivas durante las noches de la ciudad, recordaba el olor de los gofres junto a los puestos a pie de calle e imaginariamente me rodeaba de luces de neón en la calle de los sueños.

Subo y bajo por las calles peatonales… de un lado a otro camino zigzagueando y recordando aquellos mismos carteles parecidos que sobre los artículos expuestos en los escaparates, recuerdo que entonces eran pesetas… pero el cambio de moneda y el cambio en las modas no ha hecho cambiar el latido del corazón de la ciudad… las luces, dicen que ahora son más económicas y que gastan menos energía, pero la energía que fluye acompañada de sus luces, sigue siendo la misma y allí en la esquina de la calle, junto al gran centro comercial, sigue habiendo un puesto de gofres. Recuerdo que allí, a menudo junto a mis compañeros, me solía dar el gustazo de saborear un dulce y tierno gofre calentito con chocolate y nata. Eran aquellos viejos  tiempos de la facultad, hace ya muchos años…

“Este es algo más barato que el del metro… ¿será porque no está atendido por chicas?” - pienso.

Mismo ritual: me coloco a distancia, la suficiente como para desgranar cada detalle del puesto pero esta vez, en lugar de buscar los bolsillos del chaquetón con la mano derecha, me aparto la manga que cubre el reloj… vaya, queda apenas una hora para cenar y si tomo el gofre, mi afán de disciplinarme en las comidas se verá traicionado. Temo convertirme en un glotón compulsivo y ahora es un mal momento, porque apenas hago ejercicio.

 Por ello decido alejarme, casi en un acto de repulsa, del puesto… no sé, quizás por desprecio… y camino hacia la calle de los teatros… camino esta vez más rápido, envuelto en luces más blancas, y percibo cómo los faros de los coches atraviesan el aire de la ciudad endiabladamente… parece como si la calle y todas sus luces me estuvieran persiguiendo; el pasado y el presente luchan encarnizadamente y sin tregua hasta que, sin apenas darme cuenta, llego a un lugar más oscuro y más tranquilo, y dominado por un boca de metro que sólo aparece iluminada por el rombito de color rojo. Me detengo allí por un momento y me paro a pensar: tal vez he sido injusto con ese último gofre… debí darle una oportunidad, debí pasearlo por ente las luces de la ciudad mientras saboreaba el recuerdo…

Mirando por última vez el reloj, comienzo a bajar el primer escalón de esa última boca de metro por entre la cual me dejo desaparecer por hoy de las luces del corazón de la ciudad, de los olores y sabores del pasado, de la calle de los sueños… Debo volver a ese lugar sin dudarlo, y a vez que lo haga, no lo pensaré tanto y un exquisito gofre me acompañará mientras pasee por entre las calles iluminadas…


Manuel, 14 de febrero de 2006
Grey, tal es el Rey...

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