¿Sois golosos? ¿Quién no sucumbe
ante una golosina, hipnotizado por las luces nocturnas que se adueñan
de la noche en una gran ciudad?
El autobús se detiene en el andén; final de trayecto. Esta
vez no ha tardado mucho, apenas 7 minutos. En esta época del año,
a esta hora ya ha oscurecido totalmente pero, a pesar de ello, parece como
si sólo por unos pocos minutos a favor, el resto de la tarde noche
vaya a durar aún muchas horas.
Me quedan unos 40 minutos en metro para llegar a casa. Varias veces leí
por algunos sitios que los psicólogos recomiendan cambiar el recorrido
habitual en alguna ocasión y sin premeditación, según
apetezca. Supongo que estoy muy acostumbrado a recibir esos impulsos repentinos,
así que sin pensarlo me dirijo a la otra línea y, al llegar
a la correspondencia en la estación de Sol, en lugar de cambiar
de andén… me doy una vuelta por el vestíbulo…. Echo un rápido
vistazo por los puestos de artilugios, femeninos en su mayoría.
Y al cabo de unos minutos, atraído por su singular y dulce aroma
me quedo parado ante un puesto de gofres.
A cierta distancia del mostrador y para que las encargadas no perciban
la señal de que estoy interesado en comprar uno, miro los gofres,
los carteles exponiendo variedades, los precios… Tengo en ese momento una
mano en un bolsillo del chaquetón en el que suelo guardar monedas
cuando recojo los cambios a toda prisa… sólo encuentro unos céntimos
pero, si en ese momento llego a encontrar una moneda de 2 euros, no sé
que puede pasar.
“Luego, luego… “ – pienso.
Aún tengo la impresión de que la tarde es aún muy
larga y el vestíbulo comercial de la estación en solo unos
minutos ya se me va quedando pequeño. El creciente predominio de
las luces frías de los fluorescentes sobre las bombillas halógenas
de los puestos me hace sentir una especie de vacío que sólo
hay una forma de llenarlo: y es que por encima del techo que sostiene estos
deprimentes tubos de luz fluorescente… se alza la majestuosa Puerta del
Sol… sólo hay que subir unas pocas escaleras y el mundo será
otro, así que…
Hace ya semanas que desaparecieron las luces de navidad, unas luces que
te invitan a respirar un aire distinto, y en este pasado año
no sé por qué no había llegado a verlas… durante todo
el año lo tuve en mente: en algún momento de las fiestas me
acercaría a los alrededores de la puerta del sol, saldría del
interior del metro hacia la calle como en un despertar, y me dejaría
ver aquí, envuelto en la vorágine urbana decorada en esos momentos
con un color especial, luminoso, brillante. Pero llegado el tiempo de la
navidad, no sentí esa llamada en mi interior. No eché en falta
el ambiente iluminado que a buen seguro me trasportaría en el tiempo
a través de los recuerdos… Ni en toda la época navideña
me acordé de aquel impulso, aquella invitación que en otros
momentos del año me había acariciado… tal vez realmente era
porque no las necesitaba.
Aún sin luces de navidad, el corazón de la ciudad sigue
latiendo con fuerza. El ruido se convierte en fiel testimonio de que su pulso
late y el ir y venir de almas entre sus luces es lo que la convierte en
viva. Cada alma que viene y va lo hace entre diferentes lugares y por diferentes
motivos y yo... si me preguntasen por tales motivos… ¿que es lo que
contestaría? Eso es… yo no tenía motivos aparentes, no sabría
qué contestar sin provocar un gesto de extrañeza.
Ese conjunto de bombillas en distintas posiciones, a veces anárquicas;
esos fluorescentes y halógenos tras las grandes lunas y ventanales,
las figuras y anagramas de neón... todo hace bailar a mis ojos bajo
la música del caos, pero es un caos tan retórico, tan dulce,
tan infinito… quizás es como un beso, que a veces cuando de verdad
lo empiezas a sentir es cuando te alejas en el tiempo. De hecho, a veces
en mi habitación, ya a oscuras y con los sonidos de la radio, recordaba
las luces de las grandes avenidas por las cuales antaño solía
caminar… oyendo esas canciones caminaba de nuevo por las calles más
vivas durante las noches de la ciudad, recordaba el olor de los gofres
junto a los puestos a pie de calle e imaginariamente me rodeaba de luces
de neón en la calle de los sueños.
Subo y bajo por las calles peatonales… de un lado a otro camino zigzagueando
y recordando aquellos mismos carteles parecidos que sobre los artículos
expuestos en los escaparates, recuerdo que entonces eran pesetas… pero
el cambio de moneda y el cambio en las modas no ha hecho cambiar el latido
del corazón de la ciudad… las luces, dicen que ahora son más
económicas y que gastan menos energía, pero la energía
que fluye acompañada de sus luces, sigue siendo la misma y allí
en la esquina de la calle, junto al gran centro comercial, sigue habiendo
un puesto de gofres. Recuerdo que allí, a menudo junto a mis compañeros,
me solía dar el gustazo de saborear un dulce y tierno gofre calentito
con chocolate y nata. Eran aquellos viejos tiempos de la facultad,
hace ya muchos años…
“Este es algo más barato que el del metro… ¿será
porque no está atendido por chicas?” - pienso.
Mismo ritual: me coloco a distancia, la suficiente como para desgranar
cada detalle del puesto pero esta vez, en lugar de buscar los bolsillos
del chaquetón con la mano derecha, me aparto la manga que cubre el
reloj… vaya, queda apenas una hora para cenar y si tomo el gofre, mi afán
de disciplinarme en las comidas se verá traicionado. Temo convertirme
en un glotón compulsivo y ahora es un mal momento, porque apenas
hago ejercicio.
Por ello decido alejarme, casi en un acto de repulsa, del puesto…
no sé, quizás por desprecio… y camino hacia la calle de los
teatros… camino esta vez más rápido, envuelto en luces más
blancas, y percibo cómo los faros de los coches atraviesan el aire
de la ciudad endiabladamente… parece como si la calle y todas sus luces me
estuvieran persiguiendo; el pasado y el presente luchan encarnizadamente
y sin tregua hasta que, sin apenas darme cuenta, llego a un lugar más
oscuro y más tranquilo, y dominado por un boca de metro que sólo
aparece iluminada por el rombito de color rojo. Me detengo allí por
un momento y me paro a pensar: tal vez he sido injusto con ese último
gofre… debí darle una oportunidad, debí pasearlo por ente las
luces de la ciudad mientras saboreaba el recuerdo…
Mirando por última vez el reloj, comienzo a bajar el primer escalón
de esa última boca de metro por entre la cual me dejo desaparecer
por hoy de las luces del corazón de la ciudad, de los olores y sabores
del pasado, de la calle de los sueños… Debo volver a ese lugar sin
dudarlo, y a vez que lo haga, no lo pensaré tanto y un exquisito
gofre me acompañará mientras pasee por entre las calles iluminadas…
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