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Esa forma de llamarlo tiempo



Lo inesperado llega siempre. Es una cábala determinista que afrontamos dignamente pero que en el fondo nos llega a traición.

Hacía tiempo, mucho tiempo. ¿Qué pasaría a partir de entonces? ¿Conseguiríamos reconocernos? ¿Seguiríamos estando como nos imaginábamos? ¿Permanecería presente el diccionario de gestos que ocupó todo el espacio y que nos unió durante aquellos ocho años? La exactitud no existe en los recuerdos, lo único real es el paso del tiempo, el fuego de los días que volaron como cenizas... ¿Qué pasó durante todo ese tiempo que estuvimos juntos?. Sé que moldeó mi vida, que lo que vivimos juntos no cayó en un hueco sin fondo.

Estaba nervioso mientras esperaba llegar el momento de las primeras miradas, las primeras risas. Todo parecía estar en un almanaque que se había robado al tiempo, pero del que desconocía los resultados que se producirían. En la espera, sorbí la cerveza con desesperada ansiedad. Abría bruscamente, en el transito del líquido, las puertas cuidadosamente cerradas por el recuerdo con las infinitas posibilidades de arrebatárselo para siempre. Descubrí entonces que yo era mi propio hijo, un chaval que correteaba con sus compañeros de colegio, que solía jugar con lo mismo que jugaban ellos.

Entonces fuisteis apareciendo. Hay una altura a partir de la cual todo cambia de velocidad, de forma incluso. Se acelera o se lentifica sin que uno llegue a ser consciente del todo. Y en esa frontera entre lo que se es consciente de lo que sucede y lo que se escapa por la trastienda de la realidad, lo supe de inmediato... ¡habían pasado veinticinco años!. Así, en un suspiro cruel, en un reloj en el que todavía estoy buscando quién le dio cuerda, en un espacio que se me escapaba como el agua entre los dedos... En un jadeo insomne, en una respiración cursiva.

Allí estabais, seguíais siendo mis compañeros de colegio. Y aunque algunos con más fortuna y a duras penas conservaban sus rasgos sin ser emborronados por las arrugas que cose la experiencia, otros exhibían con orgullo aquellas cicatrices con que les condecoró el tiempo. Silabeé vuestros nombres, vuestras risas... algunos los confundí, eso es cierto, pero es el precio que hay que pagar por enfrentarse al monstruo del olvido. Tarareé mientras nos saludábamos aquello que cantaba Gardel: que veinte años no es nada...”, pues veinticinco tampoco... ¿o sí?

No sé ahora si todo pasó deprisa, si aquellos años  embalaron lo que soy, si las batallas que se abrieron y que creía ganadas me enseñaron lo que esperaba. No sé que parte de mi os transformó a vosotros, si es que eso sucedió, ni qué nos une en esta ciudad desierta. Pero ahora, después de todo, no dejaré que la melancolía sea nuestra empalizada.



- Merak - Junio 2006