Si la felicidad es la ausencia de miedo,
y la bellaza la falta de dolor, aunque otros opinan que de error; ¿qué
es entonces el amor? ¿qué lo desencadena? ¿qué
nos ata a él? ¿porqué caminos discurre? ¿hay
cabida a la razón? Es difícil encontrar la conclusión
a este silogismo; tal vez ni Aristóteles se lo llegó a imaginar
nunca.
No sería
difícil encontrar a alguien que tras varios años junto a su
pareja, a la que se unió completamente enamorado, descubra de pronto
que sólo ha sido feliz junto a ella los primeros años de convivencia.
Pero dejarlo así sería muy fácil, lo realmente asombroso
es descubrir que se es feliz con una relación esporádica, en
un momento puntual. Si el amor y la felicidad están ahí, se
llevan dentro, ¿por qué aparecen y desaparecen a su antojo?
Quizás tenga algo que ver con que el placer, el bienestar y la felicidad
residen en el proceso de búsqueda y no tanto en su consecución.
El amor es físico. No me refiero al roce, al susurro, al éxtasis.
Me refiero a su localización en el cerebro. Dos zonas claramente definidas
nos sitúan sobre la zona cero del sentimiento: la ventral tegmental
y el núcleo caudado; dos zonas en las que se involucran con mayor
frecuencia los mecanismos de recompensa tanto naturales como de drogas adictivas.
Por eso con el amor no se juega, y si se hace, se tiene que ser consciente
de que no es algo intrascendente; estamos hablando de un instinto básico
que transcurre por los circuitos neuronales del placer.
Pero también es química, pues en la base del amor hay dosis
significativas de secreciones hormonales. La dopamina es una de ellas. Un
neurotransmisor o sustancia neuroactiva del sistema nervioso central, relacionada
entre otras cosas con las emociones y los sentimientos de placer.
Aunque se conoce muy poco de las bases biológicas del amor, se
ha conseguido identificar otra hormona que el cerebro decide liberar cuando
estamos enamorados. Me refiero a la oxitocina. Atención, porque estamos
hablando del JB de nuestro cuerpo, vamos, que combina con todo. Tan pronto
vale para facilitar el contacto táctil, promover vínculos íntimos,
facilitar la circulación del esperma y la contracción de los
músculos sexuales; nos aporta ternura, patrones sexuales...
hace que a los hombres les entre un sueño voraz después del
coito... como interviene en las contracciones uterinas o en la expulsión
de leche para amamantar.
Lo sé, intentar averiguar qué sucederá al enamorarnos
es como intentar cortar el cable azul o rojo de una bomba programada, que
nunca se sabe. Cuántas veces nos hemos enamorado de una forma irracional,
o nos hemos dado cuenta de la locura que hemos cometido mucho tiempo después.
Quizás habría que preguntarle a nuestro cerebro primitivo o
paleocerebro, que según los expertos se remonta a unos doscientos
millones de años, y en el que existen comportamientos programados por
aprendizajes ancestrales. Comportamientos de los que si fuéramos conscientes
entenderíamos perfectamente eso de que somos unos animales. Y lo peor
de todo, es que carece del poder de adaptación para el aprendizaje
de un comportamiento distinto. ¿Qué le vamos a hacer? El perfeccionamiento
del hombre se ha construido sobre estos cimientos. Es por eso que en nuestro
cerebro existen muchos más circuitos celulares que van desde las zonas
gestoras de las emociones hacia las zonas responsables en mayor medida
de las capacidades de razonar y planificar, que al revés. Digamos que
este subdesarrollo hace que las pasiones en la mayoría de los casos,
ejerzan una influencia mayor sobre la morada de la razón que viceversa.
Una vez que el amor se ha engranado, resulta muy difícil desencajarlo
mediante el pensamiento lógico. Por eso es tan complejo controlar
nuestras emociones.
Tal vez hizo bien Aristóteles al presentar sus silogismos sólo
como un razonamiento deductivo dejando al margen emociones y sentimientos,
pues el amor no entiende de normas ni estrategias. Tal vez haya un lugar
en el hombre desde el cual pueda percibirse toda la realidad, pero desde luego,
esa atalaya, no es el amor.
- Merak
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