Los usos y costumbres, las tradiciones
y los ritos, confieren identidad a una sociedad y unifican las visiones de
la realidad en torno a un criterio único.
Pero en la memoria colectiva no sólo fluyen las experiencias individuales,
sino también las creencias.
Básicamente Magosto, es la hoguera donde se asan las castañas,
y entorno a la cual la gente se reúne a última hora del sol,
en una playa, en una escuela, en un cruce de caminos… para, junto al vino
y a otros suculentos alimentos, hablar de lo que tal vez nunca será
o de lo que fue y siempre se dejó; o tal vez de lo que se quiso y nunca
se supo.
Pero como toda costumbre, necesita un origen y sobretodo un motor. Algo
que insufle vida y realidad, o cuando menos fantasías para, como en
un agridulce amor, saborear sus bocados. La castaña simboliza la inmortalidad.
Hasta aquí nada hay de extraño, pues entre todas las creencias
que fluyen en la constelación de estrellas eclipsadas de la imaginación
humana, los nuevos elementos, lejos de ser difusos, se reestructuran en una
especie de negativo formando una película que se expone lejos de cualquier
circuito comercial. Y tiene su lógica, pues este fruto proviene de
un árbol de larga vida… y cada castaña que estalla en el fuego
de noviembre, supone la liberación de un alma encerrada en el purgatorio.
Una especie de resaca de muerte, fuego y brujería. Y al igual que los
sueños flotan entremezclados, las tradiciones envuelven el aire en
algo difuso y abismal.
¿Pero qué decir de la leyenda? Maricastaña fue la cabecilla
de una revuelta, que como todos estos arranques, tienen por meta un ente o
elemento de dimensiones importantes, supongo que para hacer llegar el esfuerzo
a las orejas del tiempo. En este caso la iglesia. Unos abusivos tributos que
el obispo de Lugo cobraba a través de su mayordomo, fue el desencadenante
de esta historia, que como todas las historias, flota sin tiempo, crece sin
concepto verbal; algo parecido a las leyes del universo.
Maricastaña, acompañada de su marido y sus dos hijos, dieron
muerte al mayordomo del obispo, y aunque después confesaron los hechos,
lo cierto es que el engranaje de la imaginación, ya estaba engrasado.
Decir de tiempos de Maricastaña para referirnos a algo que está
en este mundo desde hace mucho tiempo, posiblemente no esté muy lejos
de las creencias del Magosto. Y si Platón tenía razón
cuando decía que el tiempo era una imagen móvil de la eternidad,
¿qué más eterno que una tradición? Aunque yo soy
de los que piensa que el tiempo no existe en realidad, sino que es un concepto
móvil, una transformación de todo en algo más que no
somos capaces de manejar.
© Miguel Ángel Esteban
- Merak
- Noviembre - 2006
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