Se terminó, dentro de unas horas
estaré de nuevo en casa y mañana en el trabajo, con el moreno
metido hasta en los dientes, afilados de tanto soñar que nunca llegaría
este momento, y es que no hay mordisco más amargo que el que se le
da al tiempo. Atrás quedó mi pueril deseo de congelar el sol,
de atrapar entre mis manos sus sementales rayos que no son otros que la vida
en mi vida.
Allí quedaron, entre la sal rezumante de un oleaje revolucionario
y las huellas de plastilina arenosa, las estrellas en sus noches que también
fueron mis noches. Miro de reojo sobre mi hombro y atisbo, ya con dificultad,
aquella sirena que desplegando sus escamas de espuma azul, me retomó
al mundo de los vivos, de lo real, en una tarde de siesta obscena y concupiscente.
Mis manos fueron alas sobre su cuerpo fragmentado, sedoso y árido,
cálido y húmedo; que estrecharon las distancias entre mi piel
y su agua. Mi cuerpo fue una sombra sólida maqueteada por la saliva
de los peces que no eran otra cosa que mis recuerdos, los juveniles y los
seniles. Y soñé con el flujo de mi sirena, con el balanceo abrasador
de sus senos que como un péndulo adornaban el ulular de sus palabras.
Y volví a soñar que imaginaba que el verano era una pausa intemporal
en la que sólo existía una corriente marina fundida a mis pies,
fríos ya por la falta de calor, cansados de andar por andar.
He abierto los ojos despabilados por el ruido del despertador que en nada
se parece al trepidante andar del puerto, y he maldecido mi existencia por
no conseguir mi propósito, por no llevar adelante mi particular celada
en la que el tiempo siempre será vencedor.
Ciudadela 1996
© Miguel Ángel Esteban
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