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Hace unas semanas, y como
aquel que encuentra el eslabón abierto de la cadena del tiempo,
llegaron a mi poder dos discos del pasado, el “Flogging a dead horse”
de los Sex Pistols (1979), y el “Flesh and Blood” de Roxy Music
(1980). Arribé, entonces, al inefable centro de la nostalgia, donde
la oscuridad se confunde con la inmovilidad, y el recuerdo se descifra
como un criptograma transparente. A todo esto, una amiga me regaló
un libro: “La voz del caimán”, que para quien me conozca un poco,
no hace falta que le explique lo que significa Cuba para mí. Y puestos
a completar la zambullida hacia el laberinto de la memoria, recordé
que en pocos meses “La chica de ayer”, de mi queridísimo y admiradísimo
Antonio Vega, cumplió más de veiticinco años. Llegado a este punto,
no me fue muy difícil identificar la congoja de lo que nunca más
será. En determinadas edades todo cambio es un símbolo detestable
del paso del tiempo.
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Escuché el disco de Roxy, cuando Ferry dijo eso de “Nothing lasts forever”, un recuerdo acudió a mi memoria. Era una noche de verano, pegajosa y asfixiante a orillas del mar, recordé unas dulces palabras, un gesto triste, pero me fue imposible recomponer el rostro de la otra persona; Bryan Ferry tenía razón, “nada dura para siempre”. Supuse entonces, que la memoria fue montada como un reloj, y que se pararía cuando se aflojara el muelle... Nunca un tiempo más, jamás un espacio donde volver a estar. Y me consolé, aunque les parezca increíble. Muy a mi pesar, llegué a la conclusión de que el espacio y el tiempo no tienen existencia real, son conceptos, y por lo tanto la nostalgia sólo es una ilusión. -- Continuará -- |
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